Historia de nuestra Cofradía

1. Introducción

La imagen de la Virgen de los Dolores presidía uno de los dos altares funerarios que flanquean el retablo mayor de la iglesia de San Pedro, concretamente el de la derecha del espectador, hoy con la imagen central de San José. Desde mi niñez, en calidad de monaguillo, me acostumbré a esta imagen de la Virgen, que tenía la cualidad de hablar sin palabras de forma muy expresiva. Dirige la mirada al cielo, quizá implorando fortaleza para ese momento; la cara, espléndida, refleja el intenso dolor que siente, aunque sereno, con la mano izquierda en el pecho, cerca del corazón traspasado, y la otra, caída, pero sostenida, con la palma dirigida al espectador, en un gesto retórico, ideado por Miguel Ángel en la Piedad del Vaticano u otros, como Gregorio Fernández en su Piedad, con el que intenta implicarnos a todos.

Durante todo el año estaba ubicada en una hornacina dorada, coronada con un rompiente de gloria con rayos en el que se representaba un corazón atravesado por un puñal, tal cual ahora puede verse en la iglesia de San Antonio, coronada de estrellas, con el corazón asimismo traspasado por los siete dolores, ambos en plata. En este altar y en el de enfrente, dedicado a la Virgen del Rosario, se oficiaban dos misas que precedían a la principal de algunos aniversarios, mientras en el coro se cantaban las horas correspondientes, salmos que se iban desgranando tristes, y que culminaban en la eucaristía más solemne. Su altar estaba, pues, relacionado con la muerte, cuando el oficio de difuntos se celebraba en el interior de la nave de la iglesia; pero también era inevitable su contemplación, cuando sólo los hombres pasaban en fila para manifestar el duelo a los familiares del finado, junto al féretro que contenía los restos del difunto, entre flores y velas encendidas.

Pero en el mes de Septiembre, en su fiesta, o durante el Septenario, o en el Sermón de la Soledad, la imagen lucía con todo su esplendor en el presbiterio, en el lugar hoy ocupado por el sagrario, bajo un dosel negro con galones de oro, coronada por doce estrellas y con

los siete dolores, ambos de plata pulida, casi bruñida, en el pecho. Vestida de negro intenso, como sólo da el terciopelo, con escasos adornos dorados de ramos de rosas en el escapulario y en el manto y el anagrama de María bordado en oro, con pasamanería dorada y calada en las terminaciones de los vestidos. El dolor se concentraba en la cara que emergía de la blanquísima toca y en las dos primorosas manos, entre flores y velas que la piedad y la devoción de las “esclavas” ofrecían a la Señora.

El Sermón de la Soledad, el día de Viernes Santo, terminada la procesión del Santo Entierro, era quizá el momento culminante.  El predicador desgranaba los dolores de la Madre que, conociendo en su corazón al Hijo Inocente, lo ve morir ¡Y ajusticiado! La acompañaba el silencio y el respeto de todos por el dolor de las madres, de todas las madres que a lo largo de la historia han perdido a sus hijos de mil formas, siempre crueles. Y era posible aproximarse al dolor de la Virgen al ver morir a su Hijo en el patíbulo y también forzoso sentir pesar por lo mucho recibido y no reintegrado a la madre. Recuerdo que, a veces, volvía a mi casa, en la Casa Grande, lamentablemente desaparecida, cargado de sentimientos, y abrazaba y besaba a mi madre y a mi abuela de una forma especial, más agradecida que de costumbre. Mi madre, atenta siempre, preguntaba ¿Qué pasa, hijo mío? ¡Nada, nada! Respondía, para salir corriendo a la plaza, evitando, así, dar explicaciones.

Negro pared lavada

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